Y entonces, la burbuja se rompió.
Y abrí, los ojos. Vi por primera vez aquello con lo que antes solo podía soñar. Vi la luz del Sol.
Y escuché. Muchos y diferentes sonidos me llegaban a la vez, por primera vez. En un volumen tan alto que llegó un momento en el que ya no pude más, ya no pude aguantar todo lo que se me había venido encima, todo de golpe.
Y grité. Grité como no lo había hecho nunca antes. Lo solté todo. Lloré. Reí. Tan alto como pude. Para hacerme oír.
Y me levanté. Salí de los restos de mi burbuja y comencé a andar. A cada paso que daba sentía como que tenía que andar más. A cada paso que daba me daba cuenta de cuán largo era el camino. Y quería recorrerlo entero. Quería llegar hasta el final, aunque sabía que no era posible, que no existía el final. Sabía que no tenía tiempo suficiente, así que empecé a ir cada vez más deprisa.
Y corrí. No me cansaba. Cuanto más corría, más quería correr. Notaba el frescor de la hierba bajo mis pies descalzos. Había dejado todo lo que me cubría atrás, con mi burbuja, no podía llevar nada de eso conmigo en aquel viaje.
Y seguí el sendero entre los árboles. Más curvo cuanto más frondoso se iba volviendo el bosque. Parecía que la noche caía a mi alrededor, pero no sobre mí, yo tenía la luz, y cuanto más corría y más avanzaba por el camino, mejor veía.
Y descubrí, nuevos colores y figuras. Allí donde desde mi burbuja todo se veía oscuro y escalofriante, ahora veía un mundo nuevo. Donde antes veía monstruos, ahora veía lindas flores. Donde antes veía horror, ahora veía belleza, Donde antes no era más que oscuridad, ahora es un camino entre las estrellas.
Y continué, mi camino, pese al paso del tiempo. Yendo cada vez más deprisa, viendo cada vez más lejos el final. Y no fui solo, pues otra gente se unió a mí, unos habían recorrido más, otros menos, unos duraron más, otros menos, pero juntos compartíamos ese amor por seguir corriendo, pasara lo que pasara, buscando llegar al final, melancólicos, pues sabíamos que era algo que nunca lograríamos conseguir.
Y amé. Amé la brisa de aire que rozaba suavemente mi piel mientras corría. Amé la tierra blanda bajo mis pies. Amé los árboles llenos de hojas que me rodeaban. Amé a aquellos que corrieron conmigo. Amé la luz de mi camino. Incluso, llegué a amar la oscuridad de mi alrededor.
Y me desvié. Llegó mi momento de abandonar mi camino. En parte triste, y melancólico, pues no logré llegar al final. Pero feliz y orgulloso, por no haber dejado nunca de correr. Y por haber amado, siempre.
Y llegué. Un lago azul me rodeaba. Mi sendero había quedado atrás ya, preparado para ser recorrido por otros, para iluminarles a ellos igual que me había iluminado a mí. Observé mi alrededor, todo paz y tranquilidad, y belleza, si sabías apreciarla. Había llegado la hora de bañarme. Me despojé de todas mis posesiones, de todo lo que había ido recogiendo mientras corría, antes de meterme en el agua. Pero no iba desnudo. Un haz de luz me cubría. La misma luz que había descubierto nada más salir de mi burbuja y que a cada paso que había dado se había ido haciendo más fuerte.
Y sonreí. Eché un último vistazo atrás y contemplé todo mi viaje, todo el camino recorrido. Me lamenté por aquellos que nunca llegaron a salir de su burbuja o los que abandonaron su paseo. Respiré por última vez y me sumergí en el agua, poco a poco, sonriendo.
Y yací.